viernes, 26 de julio de 2013

La Ablacion Genital Femenina en nuestros tiempos.

24 de Julio de 2013 a la(s) 20:26
Detenerse a pensar en las atrocidades que se han cometido en la historia en contra de niñas y mujeres, es algo que duele, pero que no duele ni molesta lo suficiente. ya que muchas de  estas practicas aberrantes , perversas aun estan  vigentes.Y no solo en paises alejados de la modernidad y las comunicaciones,al reves gracias al desplazamiento migratorio dessde unos a otros paises inclusive en difrentes continentes, esta practicas se estan extenfiendo en otras sociedades , como es el caso de Israel, en donde  la acogida a imigrantes de Etiopia, Argelia, Tunez, Marruecos , Irak, Egipto , Sudan, y otros mas. Donde se estima que mas del 40% de las mujeres venidas de estos paises , con un promedio de edad de entre 30 y 50 años , han sido sometidas a Mutilaciones .Practica penada por la Ley en Israel, pero dificil de detectar, ya que se realiza en los hogares, como una tradicion ancestral , pasando de madres a hijas , sobrinas.Y ellas guardan silencio, el grito de la niña se ahoga con el paso del tiempo, llegando a olvidar aquel acto inhumano cometido por sus parientes mas cercanos.
Solamente cuando estas niñas llegan a un hospital sangrando o casi muertas, es cuando los medicos y las asistentes sociales, se percatan del hecho y muchas veces es muy tarde.

Más de 30 millones de mujeres de todo el mundo están en riesgo de ser víctimas de mutilación genital durante la próxima década, según un estudio realizado por el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (Unicef).
Unicef cifra en más de 125 millones las niñas y mujeres que viven actualmente tras haber sido sometidas a una ablación, una práctica que cuenta con una oposición de la población cada vez mayor en los países donde todavía se practica.
El informe, que la organización describe como el más completo realizado hasta la fecha sobre este tema, sostiene que el apoyo a la mutilación genital femenina ha disminuido en la población, ha puesto en común 20 años de datos de 29 países donde todavía se practica la ablación y señala que, en comparación con hace 30 años, actualmente hay una probabilidad menor de que las chicas sean mutiladas.
La directora ejecutiva adjunta de Unicef, Geeta Rao Gupta, afirma que este tipo de mutilación es "una violación de los derechos de las niñas a la salud, el bienestar y la autodeterminación". "Lo que queda claro en este informe es que la legislación por sí sola no es suficiente", asegura.
En Kenia y Tanzania, las niñas tienen tres veces menos probabilidades que sus madres de ser mutiladas, y las cifras han caído a casi la mitad en Benín, Irak, Liberia y Nigeria. Sin embargo, en Somalia, Guinea, Yibuti y Egipto está práctica permanece entre la mayoría de la población, mientras que ha habido un descenso imperceptible en Chad, Gambia, Malí, Senegal, Sudán o Yemen.
Unicef recomienda que se someta esta práctica a un mayor escrutinio público, para que se desafíen estas costumbres sociales arraigadas. La mutilación de los genitales de las niñas es defendida como un ritual tradicional y cultural para asegurar la virginidad de la mujer y hacerla casadera. Es una intervención peligrosa que puede originar hemorragias graves, problemas urinarios, infecciones, infertilidad y un aumento del riesgo de muerte de los recién nacidos en el parto.

Janina Oyarzun Israel
Agosto 24 2013

Clamor por una Revolucion de Mujeres en Palestina

Nací y crecí en los territorios ocupados de Palestina. He vivido bajo la ocupación israelí durante toda mi vida, y he vivido bajo la ocupación de la opresión sexual como todas mis amigas, mis vecinas, mi madre y mi abuela.Miro a mi alrededor y veo que la furia de la mujer es cada vez más intensa con el tiempo.
 Nosotras, las mujeres palestinas no podemos soportarnos a nosotros mismas o nuestros hijos o nuestros maridos. Somos como el fuego, y nada nos calma. Muchas veces no sabemos lo que está pasando, estamos simplemente enojadas. 
 Cuando pregunto a mis amigas sobre sus relaciones sexuales con sus maridos la respuesta se caracteriza por la ira. Y existe ese miedo constante a decir lo que queremos y lo que necesitamos. Tenemos miedo de decir que queremos  sexo y la intimidad. No sabemos cómo disfrutar de nuestros cuerpos. No sabemos cómo aceptar la poderosa energía de nuestro cuerpo.Veo que la ira es cada vez mayor, y veo que la nueva generación está creciendo en su ira. Como una mujer palestina clamo: Si queremos una Palestina libre, tenemos que tener mujeres libres. Me refiero no sólo a los derechos comerciales de la mujer. También me refiero a la necesidad de cambiar el pensamiento tribal del papel de la mujer en la sociedad palestina. Estoy hablando de la libertad de descubrir nuestros cuerpos. Estoy hablando de sexualidad libre. Sí, las mujeres necesitan una revolución sexual en Palestina.Estamos viviendo en la era de las revoluciones. Las personas bajo ocupación buscan la libertad, la gente de la pobreza buscan la justicia, la gente en la guerra buscan la paz. Y ahora es el momento de las mujeres a rebelarse. Pero no contra el gobierno. Nos debe rebelarse contra el miedo que nos ha dominado durante mucho tiempo. Necesitamos un cambio.Nosotras, las mujeres en Palestina se nos pego  el miedo. El miedo a perder la virginidad, que significa perder la honra y el honor de nuestras familias. El miedo a hablar nuestra verdad. El miedo a disfrutar y descubrir nuestros cuerpos. El miedo a decir lo que realmente queremos y necesitamos. No importa que tan educada la mujer pueda ser en Palestina, ella depende constantemente de un hombre hasta que muera. Ella está condicionada a creer que el cumplimiento de las necesidades del hombre debe prevalecer antes de cumplir con la suya.La mujer en Palestina no se le permite descubrir su cuerpo. Ella aprende a ignorar sus anhelos y necesidades Al mismo tiempo, ella está continuamente buscando un marido que le puede dar el lugar en la sociedad que quiere. Hasta  el matrimonio, una mujer palestina tiene prohibido ver o tocar el cuerpo de un hombre. Ella no puede besar a un hombre, que no puede estar, junto con un hombre para que no pierda su valor. Una vez casados, ella podrá tener hijos y criarlos sin haber experimentado un orgasmo, o incluso disfrutar del sexo. Ella nunca ha aprendido cuándo decir que sí y cuándo decir no. Siente la energía de su cuerpo y no sabe o no puede expresar lo que ella anhela, un beso, un abrazo o la intimidad sexual.Y aquí comienza la ira: El hombre quiere que su esposa disfrute de tener relaciones sexuales con él, pero ella no lo disfruta. Nunca hablan de ello, porque no se animan a expresar sus verdaderos sentimientos sobre el sexo. En cambio, ella se obsesiona con la limpieza de la casa y se entera de cómo jugar el gran jefe de la familia. Esta guerra de los sexos se llama familia. Y ahora dirigen su ira hacia sus hijos. Cuando todo está dicho y hecho, todo lo que ves es un campo de batalla donde se lo mire: mujer enojada, el marido enojado y niños muy enojados con mucho poder que nadie puede dominar más.Detrás de cada pelea tonta entre un esposo y una esposa, hay una mujer que no se siente libre. Para permanecer en este sistema significa que ira creciendo. La permanencia en este sistema sólo se reproducen las generaciones futuras que se caracterizan por la violencia.Tenemos que poner fin a la guerra entre los sexos con el fin de tener una Palestina libre. Y para hacer eso, necesitamos una revolución de mujeres, no para superar los hombres, no para luchar contra el papel de un hombre en la sociedad. No, por el contrario, luchamos también para los hombres. Cuando la mujer es libre, el hombre se hace libre. El hombre también es víctima de este sistema de miedo. Además, el hombre tiene miedo de que no puede decir su verdad. Él tiene miedo de que alguien pueda hacer daño a su esposa, hija o hermana. Él teme que él no sabe cómo dar placer a su mujer. Él siente que debe pretender ser fuerte y todo lo sabe por el resto de su vida. El hombre se paraliza. Esto es por qué los hombres no pueden hacer la revolución; sólo nosotras las mujeres nos podemos  conducir a la libertad y al hacer esto, los hombres van a ser libres. Cuando la mujer queda libre, los hombres son libres, y también a los niños. Así que al final, tendrá una sociedad libre.La energía sexual es una fuerza muy poderosa. Si con opresión tiene el potencial de dejar destrucción a su paso, lo que lleva a problemas familiares, problemas de salud, el abuso sexual, los niños enojados, y tanta frustración. Pero, si el poder de la energía sexual es libre, puede ser una fuente de amor, de alegría profunda, de comprensión y de una nueva vida.Cuando las mujeres en Palestina aprendamos a disfrutar de nuestros cuerpos, muchas cosas van a cambiar en nuestra sociedad. Las mujeres entonces sabremos gozar del contacto sexual y sabremos cómo guiar al hombre para darnos placer. Esto implicara al hombre, porque él sentirá que él y su esposa disfrutaron juntos del contacto. Los niños serán más felices porque sus padres ya no estarán enojados. Los niños podrán ser niños. El abuso sexual va a terminar, y la generación más joven aprenderá cuándo decir que sí y cuándo decir no.
 Ellos van a aprender cómo expresar sus necesidades, sus necesidades reales.Necesitamos la revolución de las mujeres en Palestina.  
No se hará en un día y una noche, pero tenemos que empezar por alguna parte. Creo que esto ocurrirá. Veo a los hombres y mujeres que trabajan juntos para construir la confianza de nuevo y se apoyan mutuamente en este camino de redescubrimiento. Los veo el desarrollo de una nueva base para la colaboración real.No lo haría usted? Acaso no queremos una imagen mas tranquila y hermosa de una sociedad como esta en Palestina? Incluso en el mundo entero?
Firma Dina Awwad

lunes, 22 de julio de 2013

Escritores Israelies hacen un llamado , frente a la Resolucion del Sal de tu casa. Ahora es el campo de tiro 918 “Tenemos que presionar para que la sociedad despierte. Los ciudadanos, más que los políticos, podemos llevar este conflicto a un nuevo punto, ganando batalla tras batalla desde el sentido común y la justicia.

Israel quiere expulsar a más de mil palestinos de 12 aldeas en las montañas del sur de Hebrón para convertir la zona en un campo de tiro.

Tras 13 años de litigio, la Corte Suprema debe decidir en breve qué ocurre con estas familias.

Israel sostiene que los afectados no viven allí permanentemente. Los palestinos, que es su casa desde hace generaciones.

La familia de Mahmud Hamandeh, portavoz de la villa de Mufaqara, en una de las casas amenazadas por el Ministerio de Defensa de Israel.
La familia de Mahmud Hamandeh, portavoz de la villa de Mufaqara, en una de las casas amenazadas por el Ministerio de Defensa de Israel.
La carretera es buena. Lisa, señalizada, cuidada. Es fácil acceder a Susiya, Maon, Abigail, Karmel. Un colono israelí puede llegar allá sin contratiempos e instalarse a vivir en estas villas-fortaleza, rodeadas de carreteras vigiladas por militares y con controles de acceso, protegidas. Pueblos que son un vergel –con agua subvencionada por el Estado- en las montañas desérticas del sur de Hebrón, Cisjordania, sí, pero catalogado como zona c, bajo control civil y militar de Israel. En mitad del valle se acaba lo bueno. El asfalto desaparece, sólo el polvo cubre el camino desdibujado e irregular que lleva hasta Mufaqara. No hay indicaciones. Nada anima a bajar a la hondonada, salteada de jaimas endebles, sartén al mediodía de verano. Los vecinos, cansados de callar, han plantado unas columnas de neumáticos marcando su territorio. Verdes, blancos, rojos, negros, los colores de la bandera palestina.
Muy cerca, bloques de hormigón con pintadas en hebreo, árabe e inglés advierten del peligro latente. “Zona de fuego. Entrada prohibida”, rezan. Eso es lo que el Gobierno de Israel quiere que sean 12 villas del distrito de Yata, Mufaqara entre ellas: un área cerrada para maniobras militares. La llamada zona de fuego 918. Para ello, quiere expulsar a un millar largo de palestinos que residen en la zona desde que tienen memoria ellos, sus padres, sus abuelos. Propietarios privados de la tierra. Tras 13 años de litigio, este mes la Corte Suprema debía decidir el futuro de los poblados, pero ha retrasado la vista hasta el 2 de septiembre. Esta promete ser la definitiva. Una cuarentena de escritores israelíes, por primera vez, ha emitido un comunicado en el que llama a su Ejecutivo a “respetar” las aldeas y, a sus conciudadanos, a romper el “sólido cinismo” y el “silencio” con que consienten la ocupación. La espera, pese al ánimo, es terriblemente angustiosa.
Mahmud Hamandeh nació en Mufaqara. Sabe a ciencia cierta que al menos tiene tres generaciones a sus espaldas que residieron en la misma zona. A sus 65 años, es hoy el portavoz de la villa. “El problema comenzó en los años 80, cuando empezaron a planificar las colonias. Todos aguardamos a que la comunidad internacional las parase pero, al contrario, se deja incluso que crezcan, con puestos de avanzada. Luego nos ilusionamos con los Acuerdos de Oslo [1993], pero tampoco. Pasó el tiempo y se concretó la amenaza. Quieren que mis campos sean zona de tiro. Aquí todos somos pastores de ovejas y cabras y plantamos lo que se puede. ¿Qué daño hacemos? ¿Por qué no construyen el campo de tiro en el desierto del Negev, donde no viva nadie?”, se pregunta, con la indignación creciendo en su voz.
Vista de Mufaqara, en un valle al sur de Hebrón rodeado de colonias ilegales.
Vista de Mufaqara, en un valle al sur de Hebrón rodeado de colonias ilegales.
En 1999, cuando la orden estaba dada y los vecinos aún organizaban su resistencia, camiones del Ministerio de Defensa entraron por la noche en el poblado, como en otros lugares vecinos, y se llevaron a decenas de familias. Las excavadoras tiraron sus casas o destrozaron el acceso a las que están hechas en la piedra, a modo de cuevas. Montaron en los vehículos a niños, ancianos, adultos, junto con sus rebaños, y los recolocaron en pueblos próximos, absolutamente alejados de su modo de vida y de su propiedad legítima.
Fue tan grave esta incursión que la Corte Suprema permitió que los palestinos regresasen a sus casas, en unas 3.000 hectáreas de suelo. Los jueces decidieron que se mantendría el status quo en el área hasta que se demostrase si, realmente, sus habitantes tenían o no residencia permanente en estas aldeas. Porque ese es el principal argumento que usa Israel para tomar la tierra: los vecinos no viven allá, dice, sólo van muy de cuando en cuando, y tienen sus casas estables en Yata, el mayor pueblo palestino de la comarca, el que da nombre al distrito. Israel alega una segunda razón para movilizar a este millar de personas: si siguen allá cuando se instale el campo de tiro podrán recopilar informaciones de inteligencia sobre sus métodos de entrenamiento e incluso recoger armamento olvidado, que puede ser usado más tarde para ataques terroristas.
“Vea mi casa, mi modo de vida. Está claro que no vengo aquí cada dos meses a dar un paseo. No soy un invasor en mi propia tierra, como quieren hacer ver”, se queja Mahmud. Nada parece abandonado. Todo rezuma rutina diaria. Es cierto que algunos de sus convecinos tienen casa en propiedad o en alquiler en Yata, además de la de Mufaqara, “pero nadie pregunta a un judío de Susiya si además de en la colonia tienen un chalé de veraneo en la playa. Nadie le obliga a irse por eso, ¿verdad?”, ejemplifica Avner Gueverianu, israelí, miembro de la ONG Breaking The Silence, que hizo su servicio militar en la zona y ahora denuncia lo que quieren ejecutar sus ex compañeros.
Los escritores Zeruya Shalev, Etal Megged y Alona Kimhi, en la jaima de Mufaqara.
Los escritores Zeruya Shalev, Etal Megged y Alona Kimhi, en la jaima de Mufaqara. 

Shlomo Lecker, el abogado de las familias, explica que los residentes no tienen apenas títulos escritos de propiedad, porque no era la costumbre en las montañas cuando allá se instalaron. Sin embargo, como en el caso de los casi 50.000 beduinos del Negev que Israel va a desplazar porque entiende que sus aldeas son ilegales, hay testimonios del Imperio Otomano y del posterior Mandato Británico que constatan que esta tierra era de quien hoy la ocupa, legalmente. “Son contratos verbales en muchos casos –insiste-, pero son contratos”. Sobre la presencia de pobladores en la zona tienen además evidencias históricas, desde restos romanos –fue un importante centro de comercio y aún quedan restos de algunas de sus infraestructuras, algunos en uso- hasta fotografías aéreas previas a la creación del Estado de Israel (1948).
El “asedio”, abunda Lecker, es “constante” por parte del Ministerio de Defensa de Israel. Cada cierto tiempo, los soldados entran en las villas, hacen inspecciones, piden papeles. Plantan carteles de peligro o sobrevuelan la zona con sus helicópteros. Los colonos vecinos han talado algunos de los esenciales arbustos o han envenenado el agua de los animales, cuando esta región cubre el 40% de las necesidades de ovejas y pollos de todo el sur de Cisjordania, según informa a Efe el Ayuntamiento de Yata.
“El acoso llega a todo: les tiran cisternas de agua, los sanitarios que colocan en las afueras de las viviendas… No pueden conectarse a la red de suministro de agua potable, por lo que la compran a los pueblos vecinos a un precio muy elevado. Tampoco pueden engancharse a la red de electricidad. Ni respetan su modo tradicional de vida ni les dejan mejorar en cosas esenciales que sí quieren incluir en su día a día. Es estresante y es un crimen de guerra”, explica el letrado. Como sostiene Jonathan Brenneman, voluntario de los Equipos Cristianos de Acción por la Paz (ECAP), todo se mezcla con los “disparos y bengalas” que se dejan oír por la noche “y entonces la paranoia echa raíces”. “Aquí están al borde de la desesperación, desde hace 20 años”, insiste.
Un ejemplo de la tensión diaria es el paseo de los niños de Mufaqara hasta el colegio. Una quincena de niños acude a las aulas, en el valle, a varios kilómetros a pie, con escolta de cooperantes italianos de la Operazione Colomba. Los pequeños sufren agresiones por parte de los colonos próximos desde 2006. Las videocámaras occidentales que todo lo graban les sirven de escudos, evitan que se acerquen sus atacantes. No siempre, es verdad. Hace dos años, un voluntario fue apaleado. “Hasta los militares que protegen estos asentamientos tienen miedo de sus vecinos”, reconoce Gueverianu.
Imagen de la campaña de la ONG B´Tselem contra el desalojo de los palestinos.
Imagen de la campaña de la ONG B´Tselem contra el desalojo de los palestinos.
Tras más de 12 años de miedo diario, Israel ha presentado ante el juez su propuesta, tras investigar la situación de los poblados. Propone que se evacuen ocho de las aldeas, aunque se permitiría a sus moradores regresar los fines de semana, los festivos judíos y un mes al año para cultivar y pasear al ganado, algo “absolutamente insuficiente” a juicio de los residentes. Las otras cuatro villas deberán ser demolidas, propone el Gobierno, para ser sometidas a una nueva planificación urbana que llevaría aparejada restricciones de movimiento “debido a la cercanía a la zona de tiro”. De un día para otro se espera que el Supremo decida. Puede optar por la expulsión, por mantener los pueblos o por someterlos a condiciones varias. “Si sólo queremos vivir… vivir con dignidad y honor…”, insiste el portavoz de Mufaqara.
Mahmud Hamandeh habla en una jaima, rodeado de prensa y de escritores israelíes que han acudido a apoyar su causa, parte de los intelectuales que han firmado el documento que pide “a aquellos que sean capaces de escuchar” que eviten “otra injusticia” contra los palestinos. Entre los que suscriben el texto se encuentran los nombres más destacados de las letras de Israel: David Grossman, Amos Oz, A.B. Yehoshua.  “Estoy aquí porque es lo sensato. Es lo que merece esta gente. Pero también pienso en la salud mental de mi país, de Israel, que no se plantea lo que hacemos a los palestinos. Es una injusticia que hay que denunciar, pero en cambio cada vez somos más insensibles, más conservadores, menos solidarios”, denuncia Eyal Megged. Su colega Alona Kimhi comparte la misma visión. “Tenemos que presionar para que la sociedad despierte. Los ciudadanos, más que los políticos, podemos llevar este conflicto a un nuevo punto, ganando batalla tras batalla desde el sentido común y la justicia. Es el momento del compromiso”, dijo a los vecinos de la villa, descalza, con un té en las manos.
El grupo regresa a Israel. Atrás quedan las villas y su dolor. Mahmud y su familia reparten ciruelas como despedida, junto a la tienda apuntalada que es su casa. Antes, una vez, hubo una vivienda de ladrillo, ilegal, sin permiso, pero “necesaria” ante las inclemencias del tiempo. El Ejército se la ha tirado varias veces. Ahora la tiene a medio levantar de nuevo. “Pueden destruir nuestra casa pero no nuestros derechos. No se pueden confiscar las mentes de los palestinos”.

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Divagaciones y Poesia en Destierro

El atardecer tiene fragilidad de espuma entre los dedos

Viene y va el infiel viento, siguiendo la huella de otras primaveras.

¡Como es tu rostro en este crepúsculo dorado?

¿ y tu risa de niña adolescente?

Hace minutos me llamó tu libro desde la mesa, donde todas las noches equilibrio palabras.

Hay palabras y floridos lenguajes entre sus hojas.

Hay lentitud de sueños y pequeñas caravanas de sonrisas, gestos y recuerdos.

Nombres y rostros que con el tiempo perderán persistencia y relieve,

Que dejaran mensaje y poesía como liviana siembra de juventud y belleza.

¿Cómo pondré entre todo ello mi enojosa aspereza?

Donde estará la voz precisa de tu sapiencia y encanto?

¿De donde extraeré el eco necesario para la tarea diaria?

Quisiera detener entre las manos, la arena implacable de las horas y ofrecértela.

¿No sería acaso este mi mejor regalo?

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